El aire dentro de la camioneta volcada olía a gasolina, caucho quemado y miedo.
Hillary contó mentalmente mientras disparaba. Uno, dos... La pistola en su mano se sentía ligera, demasiado ligera.
—¡Me estoy quedando sin balas! —gritó ella, agachándose cuando una ráfaga de ametralladora hizo estallar el espejo retrovisor, llenándola de cristales diminutos.
Charly, con el rostro torcido por el dolor y la pierna atrapada bajo el metal retorcido del tablero, señaló hacia el espacio entre su asiento