El día avanzó con una calma relativa después de la partida de Sebastián. El socio de Salvatore se había despedido con un apretón de manos firme y una promesa de regresar por la pequeña después de informarse sobre el avance de la nueva sede de la DIGE en Sicilia.
—Cuida de la pequeña —había dicho Sebastián, con una mirada significativa hacia la ventana del segundo piso, donde Elizabeth estaba despidiéndolo con la mano—. Y cuídate tú también, Salvatore. Las aguas están más turbias de lo habitual.