La tarde en la mansión Moretti había tomado un giro inesperado con la llegada de Elizabeth. Después de que Anita la llevara a su habitación, una hermosa habitación de invitados con vista a los jardines, la niña no tardó más de quince minutos en bajar de nuevo, cambiada ahora por unos jeans cómodos y una camiseta oscura, su cabello negro todavía recogido en una cola alta que dejaba al descubierto su rostro vivaz y aquellos ojos azules que tanto habían llamado la atención.
Atraída por las risas, E