La tarde en la mansión Moretti había tomado un giro inesperado con la llegada de Elizabeth. Después de que Anita la llevara a su habitación, una hermosa habitación de invitados con vista a los jardines, la niña no tardó más de quince minutos en bajar de nuevo, cambiada ahora por unos jeans cómodos y una camiseta oscura, su cabello negro todavía recogido en una cola alta que dejaba al descubierto su rostro vivaz y aquellos ojos azules que tanto habían llamado la atención.
Atraída por las risas, Elizabeth se dirigió al jardín trasero. Allí, bajo la sombra de un gran olivo, la escena era casi idílica. Hillary estaba sentada en una manta, meciendo suavemente a la pequeña Gaby en sus brazos. La bebé, de apenas seis meses, observaba el mundo con enormes ojos grises, chupando un sonajero con determinación.
A unos pasos, Sara y Gabrielle jugaban una partida tranquila de cartas sobre una mesita baja. Sara, con su cabello negro recogido en una coleta desordenada, se mordía el labio, concentrada.