La mañana había terminado dejando una sensación de vacío en la mansión; Isabella y los niños no estaban, y Charly también se había marchado junto con Chiara y Matteo.
Un Bentley negro se detuvo frente a la entrada principal de la mansión Moretti justo cuando el sol comenzaba a declinar, bañando la fachada de piedra en tonos anaranjados y dorados. De él descendió Natalia Di Lorenzo, pero no era la mujer segura y calculadora que había aparecido meses atrás reclamando sus derechos. Esta Natalia tenía los ojos hinchados, el cabello recogido de manera descuidada y llevaba un simple vestido negro que parecía haber sido elegido más por la prisa que por la elegancia.
A su lado, un hombre de casi cuarenta años, traje impecable, maletín de cuero. El “abogado” que Rebeca había prometido.
Francesco salió a recibirlos, seguido de cerca por Salvatore, cuya presencia era como una sombra protectora y amenazante al mismo tiempo. Jacomo, Thiago y dos guardias más se situaron en posiciones estratégicas,