La mañana comenzó con una tranquilidad que aterraba. No había mensajes urgentes en el teléfono, ni llamadas, ni el rumor constante de la ciudad que solía filtrarse por los ventanales del lujoso apartamento. Solo un silencio espeso y poco familiar. Isabella se levantó con esa sensación de vacío que precede a la tormenta. Entró a la ducha, dejando que el agua casi hirviendo le lavara no solo el sueño, sino la pesadumbre que cargaba en los hombros. Poco después, comenzó a vestirse con ropa cómoda pero elegante: jeans oscuros, un suéter de cachemira beige y botas planas. La practicidad era su armadura.
Estaba frente a la peinadora, terminando de maquillarse con movimientos precisos y automáticos. Allí, frente al espejo, con la cama de fondo vacía, impecable, fría, se perdió en los recuerdos. No eran pensamientos voluntarios, sino fantasmas que aprovechaban la quietud para asaltarla.
Vio noches compartidas con Nick, tan reales que casi pudo sentir el calor de su cuerpo a su espalda. Record