El tiempo se estiró.
Una fracción de segundo interminable, suspendida entre la amenaza y el destino.
El dedo de Max temblaba sobre el gatillo. El sudor le corría por la sien. Sus ojos, inyectados de rabia y alcohol, estaban clavados en Salvatore Lombardi, que no se movía. No levantó las manos. No retrocedió un paso.
Solo sonrió.
Esa sonrisa peligrosa y helada que no pedía clemencia ni ofrecía negociación.
El gatillo cedió.
El estruendo fue seco, brutal, un latigazo que partió el aire de la vill