El tiempo se estiró.
Una fracción de segundo interminable, suspendida entre la amenaza y el destino.
El dedo de Max temblaba sobre el gatillo. El sudor le corría por la sien. Sus ojos, inyectados de rabia y alcohol, estaban clavados en Salvatore Lombardi, que no se movía. No levantó las manos. No retrocedió un paso.
Solo sonrió.
Esa sonrisa peligrosa y helada que no pedía clemencia ni ofrecía negociación.
El gatillo cedió.
El estruendo fue seco, brutal, un latigazo que partió el aire de la villa Revetti.
La bala no encontró carne, pero sí impactó contra una de las columnas de mármol, arrancando fragmentos blancos que volaron como metralla antigua. El eco del disparo se quedó suspendido en la sala, denso, irrespirable.
Durante una fracción de segundo, nadie se movió.
Luego, Salvatore avanzó.
No hubo prisa.
No hubo furia descontrolada.
Solo decisión.
En dos pasos estuvo frente a Max. Le arrebató el arma de la mano temblorosa con un movimiento preciso, casi elegante. El revólver cambió d