La sala de juegos de la mansión Moretti olía a infancia protegida: a madera pulida, a crayones nuevos, a galletas recién horneadas que Anita había llevado en una bandeja de porcelana. Era un espacio luminoso, con ventanales que daban al jardín, pero la luz parecía cargarse de una tensión distinta.
Francesco entró cojeando levemente, deteniéndose en el umbral. Sus ojos buscaron a sus hijos, y por un instante, el hombre orgulloso que había sido se encogió ante la vulnerabilidad de lo que había roto.
Alessandro estaba sentado en el suelo, construyendo torres de Lego con una concentración que era claramente evasiva. Fiorella, acurrucada en un sillón con su peluche favorito el que le había regalado Nick, lo miró con ojos enormes, húmedos. Y Marco... Marco sentado en el asiento de Ventana.
—Hola —dijo Francesco, y su voz sonó extrañamente pequeña en aquel espacio lleno de juguetes y recuerdos felices.
Alessandro no levantó la vista. Continuó apilando bloques.
—Hola, papá —murmuró, pero el