La sala de juegos de la mansión Moretti olía a infancia protegida: a madera pulida, a crayones nuevos, a galletas recién horneadas que Anita había llevado en una bandeja de porcelana. Era un espacio luminoso, con ventanales que daban al jardín, pero la luz parecía cargarse de una tensión distinta.
Francesco entró cojeando levemente, deteniéndose en el umbral. Sus ojos buscaron a sus hijos, y por un instante, el hombre orgulloso que había sido se encogió ante la vulnerabilidad de lo que había ro