La cena en la mansión Moretti aquella noche fue un ejercicio de normalidad deliberada. La mesa larga de roble macizo, que podía acomodar a veinte personas, estaba llena por primera vez en semanas sin la sombra de una crisis inminente. Velas altas brillaban suavemente, proyectando sombras danzantes sobre los rostros de quienes se sentaban alrededor.
Isabella presidía la mesa con una elegancia tranquila, vestida con un sencillo vestido de lino color crema. A su derecha, los niños: Marco, con su s