La cena en la mansión Moretti aquella noche fue un ejercicio de normalidad deliberada. La mesa larga de roble macizo, que podía acomodar a veinte personas, estaba llena por primera vez en semanas sin la sombra de una crisis inminente. Velas altas brillaban suavemente, proyectando sombras danzantes sobre los rostros de quienes se sentaban alrededor.
Isabella presidía la mesa con una elegancia tranquila, vestida con un sencillo vestido de lino color crema. A su derecha, los niños: Marco, con su seriedad observadora; Alessandro, más relajado que en días; Fiorella, feliz de tener a su nueva “hermanita mayor” sentada a su lado. Sara ocupaba el lugar que Anita había preparado con especial cuidado, con una servilleta de lino bordada y una copa de cristal fino para su jugo de uva.
A la izquierda de Isabella, Salvatore y Alessandra, con Gabriela en un moisés cerca. Gabrielle estaba sentado junto a su padre, comiendo con un apetito que antes no tenía, pero sus ojos grises de vez en cuando se po