El nuevo día trajo consigo una luz dorada que se filtró con timidez por los ventanales de la suite presidencial. Salvatore se despertó primero. Al sentir el cuerpo cálido y suave de Alessandra acurrucado contra su pecho, una emoción genuina y profunda le ensanchó el corazón. Sonrió con una ternura que solo ella era capaz de evocar en el implacable Don de Sicilia. Se inclinó ligeramente, aspirando el aroma a salitre y flores de su cabello, y susurró contra su cabeza:
—Finalmente eres mía, hermos