La villa en las afueras de Messina, oculta tras una cortina de pinos y muros de piedra volcánica, guardaba un silencio sepulcral que resultaba antinatural. En el salón principal, el aire era denso, saturado por el olor a tabaco caro y el aroma dulzón de un licor de cerezas que Rebeca había estado bebiendo desde la madrugada. La luz del sol golpeaba los ventanales, pero ella mantenía las pesadas cortinas de terciopelo apenas entreabiertas, como si la claridad fuera un enemigo que no estaba dispu