El puerto de Catania se transformó en un anfiteatro de guerra. El eco de los disparos rebotaba contra los contenedores metálicos, creando una cacofonía industrial que habría aterrorizado a cualquiera, pero para Salvatore y Alessandra, era simplemente el sonido del tablero de ajedrez rompiéndose.
Alessandra estaba pegada al metal frío del contenedor, sintiendo las vibraciones de los impactos de bala a pocos centímetros de su cabeza. No había miedo en sus ojos, solo una furia fría y calculadora.