En la planta superior de la villa, el despacho de Salvatore se había transformado en una olla a presión a punto de estallar. El aire estaba saturado con el aroma denso de un cigarro que se consumía en el cenicero y el perfume amargo del whisky de malta. Salvatore caminaba de un lado a otro con la agilidad de un depredador enjaulado, sintiendo que la furia le palpitaba en la sien como un tambor de guerra. La presencia de Max en la isla no era solo una molestia; era una afrenta personal, una heri