El pasillo de la unidad de cuidados intensivos del Hospital Giacomelli parecía un túnel sin fin, iluminado por una luz blanca y aséptica que no dejaba lugar a la esperanza ni al engaño. Isabella permanecía sentada en un banco de madera rígida, con la espalda apoyada contra la pared fría. Sus manos, entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos amenazaban con romper la piel, todavía conservaban el rastro de la sangre de Sara. Se negaba a lavárselas; sentía que si borraba ese rastro, también bor