El pasillo que conducía a las habitaciones de los niños en la planta superior de la mansión Moretti se sentía interminable. El eco de los pasos de Salvatore y Francesco sobre el suelo de madera noble era lo único que rompía el pesado silencio que se había instalado en la casa, un silencio que no era de paz, sino de espera. Francesco caminaba con el brazo vendado pegado al pecho, sintiendo el latido sordo de su herida, un recordatorio físico de que la muerte los había rozado a todos. A su lado,