Mientras Salvatore trazaba planes para recuperar a Gabrielle, el Hospital Giacomelli parecía una catedral de cristal y acero, donde el tiempo se medía en el goteo constante de los sueros y el pitido monótono de los monitores cardíacos. En la unidad de cuidados intensivos, el aire era gélido, impregnado de ese olor a antiséptico que se queda pegado en la garganta y que evoca, irremediablemente, la fragilidad de la existencia.
Arthur abrió los ojos lentamente. Lo primero que sintió no fue la luz