Mientras tanto, en la mansión Moretti, el aire era tan pesado que parecía sólido. Hillary estaba en el salón, sentada junto al pequeño Matteo. El niño era una estatua de carne y hueso. No se movía, no lloraba, ni siquiera parpadeaba con normalidad. El mutismo selectivo se había apoderado de él desde el segundo en que vio la bola de fuego en la pantalla del estadio. Hillary intentaba sostener su mano, susurrándole palabras de consuelo que morían antes de llegar a los oídos del pequeño.
El estrép