El sol de Calabria se alzaba sobre el horizonte con una arrogancia dorada, bañando los acantilados y los olivares que rodeaban la mansión Moretti. Era una mañana que, en cualquier otro rincón del mundo, habría sido calificada como perfecta. El aroma a café recién molido, pan tostado y jazmines frescos se filtraba por los ventanales abiertos, intentando en vano suavizar la atmósfera de plomo que se respiraba en el gran comedor. La luz incidía sobre la cubertería de plata y la porcelana fina, cre