Mientras Alessa descansaba en el refugio de la villa junto a su pequeña hija, el resort permanecía en silencio, adornado por la luz cálida de la tarde.
Max caminó por el pasillo con las llaves de su suite en la mano, silbando una melodía suave, aún con el buen sabor de su salida con Alessa tatuado en la sonrisa. Abrió la puerta de la habitación y, antes de dar un paso completo, una sombra surgió.
Una mano lo tomó con fuerza del cuello, estrellándolo contra la pared. El metal frío de una pistola