La herida no era profunda, pero el ardor seguía ahí, como una marca que latía con cada respiración.
Alessa no dejó que ningún médico externo la tocara. Ordenó ser llevada a la villa. Idara, con su precisión silenciosa, limpió la sangre y vendó el brazo con cuidado, mientras Alessa apretaba los dientes sin emitir un solo sonido.
La herida era de roce, pero el recuerdo del tiroteo seguía incrustado bajo la piel.
Por la mañana, el jardín de la villa despertaba entre rocío y cantos de mirlos.
Idara