El zumbido del motor de la furgoneta era el único sonido que competía con la respiración agitada de Lucius. El espacio, atiborrado de pantallas y cables, se sentía más pequeño que nunca. Sharon estaba sentada en el banco lateral, tratando de recuperar su centro, mientras su hermano mayor la orbitaba como un satélite fuera de control.
—¡Lucius, por el amor de Dios, siéntate ya! —exclamó Sharon, apartando las manos de su hermano por quinta vez—. Me vas a dejar más marcas tú de tanto revisarme que