El Sabbia Nera no era solo un casino; era un templo a la depravación cubierto de oro y mármol negro. El aire pesaba, saturado por el aroma a tabaco de narguile, perfumes de diseñador y el olor metálico del dinero moviéndose en apuestas suicidas. Sharon entró como si fuera la dueña del lugar, con el mentón en alto y un contoneo de caderas que era, en sí mismo, una sentencia de muerte para cualquier hombre con pulso.
Su vestido de seda negra, corto y criminal, captaba la luz de los candelabros de