La habitación seguía sin ventanas.
El mármol oscuro, el silencio, el perfume caro.
Isabelle y Celeste estaban sentadas, atadas, con las marcas del día anterior aún visibles en sus rostros.
La mujer entró con paso firme.
Vestida de blanco, con el cabello recogido y una sonrisa que no tocaba sus ojos.
—Hoy vamos a grabar —dijo, como si anunciara una sesión fotográfica—.
Un mensaje para James y Noah.
Ustedes les pedirán que renuncien a Caerwyn.
Isabelle la miró con desprecio.
—No lo