En sus respectivas oficinas, James y Noah movían cielo y tierra para encontrar a las mujeres que amaban.
Ambos sabían que el tiempo no estaba de su lado.
Y que el enemigo, quien fuera, conocía sus debilidades con precisión quirúrgica.
James estaba revisando informes de rastreo cuando su teléfono sonó.
El nombre en la pantalla lo hizo detenerse.
**Noah.**
Dudó.
Pero respondió.
—¿Qué quieres?
—¿Estás jugando conmigo? —dijo Noah, sin preámbulos.
James frunció el ceño.