La noche había caído como una sentencia sobre la mansión.
A las afueras de York, rodeada por un bosque espeso y silencioso, la propiedad parecía ajena al mundo. No había caminos visibles, ni luces que guiaran. Solo la oscuridad, húmeda y expectante, como si el mismo aire contuviera la respiración.
Isabelle empujó la ventana del segundo piso con manos temblorosas.
El cristal cedió con un crujido que pareció gritar más fuerte que ellas.
Celeste la miró, sin palabras.
No había tiempo