La oficina de James estaba perfumada con silencio y madera de ébano. El cielo de York caía como una pintura fría detrás de los ventanales, mientras Celeste se mantenía de pie frente al escritorio, impecable. Su chaqueta color vino contrastaba con el gris sobrio del lugar. Había llegado sin anunciarse. James la había recibido sin emoción.
—No era necesario todo esto —dijo él, sin levantar la vista del documento que fingía revisar.
—James… —Celeste caminó despacio, dejando su cartera sobre el