La lluvia golpeaba con insistencia los ventanales de la mansión Moore. El despacho de James, normalmente un refugio de orden y concentración, parecía hoy más oscuro, más cerrado. Las estanterías de madera noble, los planos del proyecto *Eterna* extendidos sobre el escritorio, y el leve aroma a whisky viejo componían un escenario de tensión latente.
James estaba de pie, revisando una serie de bocetos. No levantó la vista cuando Noah entró sin tocar.
—¿No sabes llamar? —murmuró James, sin girarse.
—¿Y tú sabes cuándo parar? —respondió Noah, cerrando la puerta tras de sí.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier saludo. James dejó el lápiz sobre el escritorio y se volvió lentamente.
—¿Qué quieres?
—Que te alejes de Isabelle.
James soltó una risa seca.
—¿Y tú quién eres para pedirme eso? ¿Su esposo por obligación? ¿El hombre que no la toca, no la mira, no la escucha?
Noah se acercó, sin perder la compostura.
—No necesito quererla para saber que tú no debe