El Bar estaba iluminado con tonos dorados y ámbar, un refugio de lujo donde las copas parecían joyas y la música era apenas un susurro elegante. Isabelle sostenía un martini, removiéndolo con lentitud, mientras Camille la observaba con una mezcla de curiosidad y picardía.
—¿Así que… en su oficina, sobre el escritorio? —Camille sonrió de medio lado, disfrutando cada detalle.
Isabelle exhaló, llevándose la copa a los labios.
—No es gracioso, Camille. No puedo trabajar así… con él mirándome