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La instalación privada en la zona industrial de York estaba sumida en penumbra. Las luces frías del pasillo apenas iluminaban el concreto, y el eco de los pasos de James resonaba como una advertencia.

Damián lo esperaba junto a la puerta de seguridad.

—¿Está sola?

—Sí. Y sigue sin cooperar.

James asintió, sin detenerse.

Dentro, Astrid estaba sentada en una silla metálica, las manos atadas con correas discretas. Su rostro tenía la misma calma provocadora de siempre, como si el encierro
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