La tarde en la Mansión Moore parecía tranquila, pero el ambiente cambió en cuanto el eco de la puerta principal se dejó oír. Isabelle, en la biblioteca, levantó la vista de los documentos que revisaba justo cuando la voz de Camille rompió el silencio:
—Espero que no te moleste que haya traído compañía.
Entró Adrien Beaumont, impecable como siempre. Camisa blanca abierta en el cuello, pantalón gris claro, y esa seguridad en su andar que lo hacía parecer dueño del lugar aunque no lo fuera.