El sonido de los tacones de Isabelle resonaba en el suelo de mármol, acompasado al paso más lento de Noah, que todavía la sostenía por los hombros.
—No hacía falta que intervinieras —dijo ella en voz baja, sin mirarlo.
—Claro que hacía falta —replicó Noah, con una sonrisa torcida—. Si no lo hago, James habría seguido acosándote con esa cara de mártir que se gasta.
—No lo llames así.
—Entonces deja de defenderlo —respondió él, sin perder el tono despreocupado—. Está claro que no puede ma