El amanecer llegó lento, filtrándose por las cortinas de lino como un secreto que no quería ser revelado.
El resto de la casa seguía en silencio, pero Isabelle no había dormido ni un minuto.
Cada crujido de la madera en los pasillos le parecía una señal, cada sombra proyectada por las ramas un presagio.
Había pasado la noche sentada en el sillón junto a la ventana, mirando la puerta de su habitación como si fuera el borde de un precipicio.
A las seis y veintidós, el primer toque llegó.