El sonido de las sirenas se desvaneció, dejando paso al silencio aséptico y opresivo de los pasillos del Hospital Central. El olor a desinfectante y alcohol se mezclaba con el miedo metálico que cada miembro de la familia Baruk llevaba en la garganta.
Habían pasado dos horas. Dos horas eternas desde que las puertas batientes de urgencias se tragaron la camilla donde iba Baruk, conectado a máquinas que pitaban con una urgencia aterradora.
En la sala de espera privada, reservada para familias inf