El silencio en el comedor fue breve, pero devastador. Baruk, con el rostro ceniciento y una mano presionando su pecho, se levantó de la silla con dificultad. No dijo una palabra más; su decepción pesaba más que cualquier grito. Caminó lentamente hacia su despacho, arrastrando los pies.
Selim lo observó con el corazón en un puño. Antes de seguirlo, se giró hacia sus hijos con una mirada que mezclaba el miedo con una reprensión severa.
—Ya vieron cómo está su padre —susurró Selim, su voz tembloro