La sala de espera de la Unidad de Cuidados Intensivos se había convertido en un volcán a punto de estallar. El zumbido constante del aire acondicionado y el olor penetrante a desinfectante no hacían más que exacerbar los nervios de la familia Seller. Las horas pasaban lentas, espesas, como si el tiempo mismo se hubiera enfermado.
Ariel, quien había permanecido en un rincón rumiando su propia humillación y miedo, no pudo soportar más el silencio. Se puso de pie de golpe, el sonido de sus tacones