La Furia de Zeynep
Zeynep salió del baño. Su rostro estaba lavado, pero sus ojos estaban inyectados de rabia y la humillación. Al levantar la vista, vio que Kerim ya no estaba acostado. Estaba de pie junto al armario, inmerso en la tarea de buscar ropa, una indiferencia que encendió la mecha que el beso de la noche anterior había encendido y luego apagado.
Kerim sintió su presencia y la miró. Sus ojos, aunque aún ligeramente enrojecidos por el alcohol, ahora eran desafiantes. Se levantó una cej