A la mañana siguiente, Kerim despertó con un sobresalto. El sol lo obligó a entrecerrar los ojos. Estaba en una de las habitaciones de huéspedes. Se levantó con un dolor de cabeza punzante; la resaca era un castigo físico por la noche anterior, cuyos detalles estaban envueltos en una neblina de alcohol. Se llevó una mano a la sien.
—Dios, qué dolor. No me acuerdo de nada —murmuró; la conciencia de su irresponsabilidad era su única claridad.
Salió de la habitación y caminó directamente hacia la