Baruk Baruk, el patriarca, estaba hundido en el sofá de terciopelo borgoña, la postura de un rey cansado en su trono. Su mano derecha masajeaba una frente surcada por la frustración, una escena que se había repetido con dolorosa frecuencia desde el nacimiento de sus dos hijos.
La puerta principal se abrió con un sonido amortiguado, y por ella entró Emmir. El joven empresario vestía un traje de calle impecable, arrugado tan solo por las dos noches consecutivas que no había pasado en su propia ca