Kerim llegó a casa pasada la medianoche. El motor del auto se apagó y, al intentar abrir la puerta, casi perdió el equilibrio. Un guardia de seguridad corrió a sostenerlo antes de que cayera al suelo.
—Señor Kerim, despacio —dijo el hombre, pasándole un brazo por la espalda para ayudarlo a caminar.
Kerim murmuraba palabras sin sentido, tambaleando mientras cruzaban la entrada principal de la mansión. La puerta se abrió y el eco del mármol recibió su presencia desordenada.
Ariel estaba en la sal