El reloj del comedor marcaba las ocho cuando Baruk y Emir salieron del despacho. La conversación había sido tensa, llena de promesas y sospechas. Aun así, ambos habían decidido no mostrar nada frente a la familia.
En la planta baja, el aroma a comida recién servida impregnaba el ambiente. Selim estaba en la mesa, ayudando a una de las empleadas a colocar los últimos platos. Su rostro, cansado pero sereno, reflejaba un deseo: recuperar la calma que tanto les había sido arrebatada.
—Baruk —dijo S