El sonido del motor aún resonaba en la entrada cuando Baruk bajó del auto con el rostro tenso. Llevaba el abrigo desabrochado, la mirada sombría, los pasos acelerados. Apenas cruzó el umbral de la mansión, su voz retumbó en el aire:
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó con firmeza, casi sin saludar.
Ariel, que estaba en la sala, levantó la vista del teléfono y lo miró con desdén contenido.
—En su habitación —respondió con voz cansada—. Ya lo vio el médico. Dijo que solo es un resfriado.
Baruk soltó