El reloj marcaba las seis y media cuando la puerta del apartamento se abrió con un golpe seco.
Zeynep levantó la mirada desde el suelo, donde jugaba con el bebé. La risa suave del pequeño llenaba la sala, pero se desvaneció al ver la expresión de Kerim.
Sus ojos estaban vacíos, su postura tensa. Entró sin decir palabra.
—Kerim… —susurró ella, poniéndose de pie—, ¿por qué llegas tan temprano hoy?
Él no respondió. Caminó directo hacia el sofá, donde el bebé descansaba en su coche.
Se inclinó apen