Zeynep miraba el reloj por enésima vez. Eran casi las dos de la madrugada y Kerim aún no regresaba.
El apartamento estaba en silencio, solo el leve sonido del reloj y la respiración pausada del bebé que dormía en su cuna llenaban el ambiente.
La joven no podía dejar de pensar en el rostro de Kerim antes de irse: descompuesto, lleno de rabia y dolor.
No sabía qué hacer, ni con quién hablar. Durante toda su vida había sido una mujer solitaria, desconfiada… nunca había tenido verdaderas amigas.
Su