La ciudad de Estambul, con sus puentes iluminados y su tráfico incesante, se sentía como una prisión de cristal para Zeynep. Detuvo el auto a un costado del hotel donde se hospedaba Abram, un edificio moderno y frío que reflejaba perfectamente el vacío que sentía en el pecho. Sus manos, aún aferradas al volante, temblaban con una intensidad que no podía controlar.
Tomó su teléfono. La pantalla, con varias llamadas perdidas de Emmir, parecía juzgarla. Ignoró las notificaciones y marcó el número