La noche en la mansión Seller se había convertido en un santuario de sombras y silencios tensos. En la terraza, bajo el cielo estrellado que parecía burlarse de la agitación humana, Baruk y Emmir permanecían sentados, rodeados por el aroma del café frío y el humo invisible de la preocupación.
Emmir rompió el silencio, mirando hacia la penumbra de los pasillos que conducían al interior de la casa. —¿Y mamá? ¿Lograste que se acostara? —preguntó, con la voz apagada por el cansancio.
Baruk asintió