El aire en la mansión Seller se espesó de forma instantánea, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por plomo. Cuando el jefe de seguridad anunció por el intercomunicador la llegada del vehículo de Azra, Baruk no mostró sorpresa; su rostro se transformó en una máscara de piedra tallada, preparándose para el asedio que sabía inevitable desde que el sol salió esa mañana.
—Señor Baruk, la señora Azra está en la puerta —informó el guardia con voz tensa.
—Déjala pasar —ordenó Baruk, cruzando lo