El silencio en el apartamento de Azra era una trampa de seda. Abram, sentado en el sofá frente a la mujer que acababa de escapar de la muerte, sentía que cada pregunta que hacía era un paso en un campo minado. Tenía que sonar curioso, pero no inquisitivo; preocupado, pero no culpable.
—Dime una cosa, Azra... —¿Dónde fue exactamente el accidente? —preguntó él, dejando que su voz fluyera con una calma ensayada.
Azra lo miró con los ojos aún empañados. —Fue aquí mismo, Abram. Justo frente a mi cas