Zeynep tomó el bolso de mano apretado contra su costado, su teléfono en la otra y el rostro transformado en una máscara de frialdad y dolor. No había rastro de la mujer dulce que esa mañana había aceptado un beso; solo quedaba el instinto de huida de alguien que ha sido herido en el mismo lugar, demasiadas veces. Abrió la puerta de la habitación con una violencia contenida que hizo eco en el pasillo desierto.
Emmir estaba allí, con la mano levantada, a punto de tocar la madera. Se detuvo en sec