Una semana había transcurrido desde que el aire en la mansión Seller se volvió irrespirable. Una calma tensa, de esas que preceden a los huracanes, envolvía cada rincón. En una pequeña y exclusiva cafetería, el tintineo de las cucharas contra la porcelana sonaba como una cuenta regresiva. Azra y Leyla compartían una mesa con Abram, quien intentaba mantener la compostura mientras la paranoia le carcomía las entrañas.
Azra dejó su taza de café sobre el plato con una elegancia renovada, casi arrog