El aire en la oficina de Baruk Seller siempre era denso, cargado de un aroma a roble, cuero viejo y el peso de un imperio que se sostenía sobre la disciplina. Baruk estaba revisando unos informes financieros cuando el intercomunicador emitió un pitido.
—Señor Seller, tiene a dos mujeres aquí que insisten en hablar con usted —dijo la secretaria con voz vacilante—. Dicen que es un asunto de vida o muerte relacionado con la familia.
Baruk frunció el ceño, dejando la pluma sobre el escritorio de ca