Azra permanecía de pie, contemplando el horizonte de la ciudad, pero sus ojos estaban vacíos de cualquier paz. La noticia del encuentro con Baruk Seller no había salido como esperaba; el patriarca, en lugar de arrodillarse ante la verdad, los había desafiado con su implacable poder.
Leyla entró en la estancia con el sigilo de una sombra, portando dos tazas humeantes. Observó a su hermana, cuya figura rígida delataba una tensión que rozaba la ruptura.
—¿Qué sucede? —preguntó Leyla, acercándose—.